Estados Unidos debe instaurar un protectorado conveniente en Venezuela

 Víctor Mijares

29 de junio de 2026

Estados Unidos tiene que ir hasta el fondo con la instauración de un protectorado en Venezuela. La afirmación suena fuerte y abre sensibilidades venezolanas y del resto de América Latina. Aun así, creo poder sostenerla con argumentos, aunque no espero convencer a quien no quiera ser convencido.

Conviene precisar de qué tipo de protectorado en Venezuela hablamos. Venezuela ya es un seudoprotectorado. No se trata de un régimen colonial, que exigiría modificar los sistemas jurídicos venezolanos y estadounidenses, ni de un protectorado pleno, que requeriría un tratado marco entre ambos países para formalizar la transferencia de funciones de política exterior, seguridad y defensa. Lo que existe es una figura más diluida, un protectorado informal, cuyas señales se han vuelto más visibles en los últimos días.

Para no inventariar todo lo ocurrido en los últimos meses, me detengo en dos hechos casi simultáneos de la semana pasada. El primero fue la visita de Delcy Rodríguez a la India para buscar acuerdos comerciales en materia energética. El segundo, la llegada del general Dan Caine a Caracas. Caine preside el Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos y es, por tanto, el militar de mayor rango en la estructura de esa superpotencia.

Tomemos los dos hechos por separado, comenzando por la visita a la India. Buena parte de los análisis siguen razonando en términos de relaciones entre Estados soberanos, al menos en el plano jurídico, incluso después del 3 de enero. Todos sabíamos que Delcy Rodríguez viajaría a la India, porque varios días antes lo había anunciado Marco Rubio, secretario de Estado y arquitecto de la política exterior estadounidense hacia el hemisferio occidental. Existe una línea de orientación de los intereses de Washington a la que Venezuela debe ajustarse. Lejos de improvisar una gestión espontánea de su equipo diplomático, Rodríguez ejecutaba el componente de comercialización petrolera del plan de tres fases diseñado en Washington.

Mientras Rodríguez estaba al otro lado del mundo, Caine aterrizó en Caracas. Lo recibió, con escaso protocolo un viceministro de exteriores. Se ha dicho que la Asamblea Nacional debió autorizar la recepción de un funcionario de ese rango, pero ello supondría una asamblea con capacidad de decisión autónoma, lo cual no existe. El general no viajó para reunirse con funcionarios venezolanos, sino para verificar el avance del trabajo que su personal militar lleva a cabo en el país. Un militar de ese nivel no se desplaza en misiones diplomáticas ni comerciales. El presidente del Estado Mayor se ocupa de asuntos estrictamente militares de la gran estrategia. Lo que parece avanzar es el paso de una presencia estadounidense transitoria a una presencia permanente.

Conviene reconocer que Estados Unidos ha sido prudente al gestionar los plazos de su plan de tres fases. Esa cautela desespera a buena parte de la población venezolana, que quiere ver cumplidas las fases cuanto antes para alcanzar la tercera, la de transición. Pero la gradualidad con la que se administra el protectorado en Venezuela responde a una lógica. En su última comparecencia ante la comisión de política exterior del Senado, Rubio sostuvo que las tres fases se cumplirán, pero recordó que apenas han transcurrido cinco meses desde la captura de Maduro.

Esa gradualidad me remite a un modelo que el politólogo estadounidense Ian Bremmer presentó hace dos décadas, la curva J. Según ese modelo, un país puede ser estable por dos vías opuestas. Puede serlo por cierre, cuando es muy autoritario, o por apertura, cuando es democrático, participativo y deliberante. Suelo ilustrarlo con una pregunta a estudiantes y colegas: ¿qué probabilidad hay de un golpe de Estado en Corea del Norte en las próximas 24 horas? La respuesta habitual es que sería improbable. Si cambio de país y pregunto lo mismo sobre Suecia, la respuesta vuelve a ser la misma. Una sociedad cerrada como la norcoreana y una abierta como la sueca comparten un rasgo: son estables y nadie las imagina caer en el caos de un momento a otro. Han alcanzado la estabilidad por caminos distintos, con instituciones que no se parecen en nada.

La curva J describe lo que ocurre entre esos dos extremos. Una sociedad cerrada que inicia el tránsito hacia la apertura debe atravesar una zona de turbulencia. Allí, el temor al impacto de una apertura política y económica abrupta y la frustración que esta puede generar en la mayoría empujan a la sociedad a retroceder al cierre previo. Modernizar en lo político y en lo económico a una sociedad que pasó una generación en un atolladero ideológico no es sencillo, y por eso toda apertura tiende a plantearse de forma gradual.

El modelo me parece inteligente y analíticamente aplicable, aunque debemos considerar ciertos ajustes admisibles para la situación venezolana actual y su condición de protectorado informal. La curva J delimita una zona de inestabilidad cuyo cruce puede provocar una reversión y una transición frustrada. Hay razones para pensar que, en Venezuela, esa zona de turbulencia puede ser más estrecha de lo que el modelo general anticipa.

Bremmer atribuye parte de la amortiguación de la transición a la existencia de recursos materiales capaces de cubrir las necesidades de una sociedad en tránsito. Ese factor aún no favorece a Venezuela. Otros elementos, en cambio, apuntan a una zona de baja perturbación. El primero es el apetito por las libertades de la sociedad venezolana. El segundo, la debilidad del aparato militar del país. El tercero, la menor presencia pública de los grupos capaces de alterar el orden. Donde la zona de inestabilidad es alta, el tránsito es más turbulento. Pero en el caso venezolano, cuanto más rápido se atraviese, más fácil será salir de él. De ahí mi conclusión. Si la zona de inestabilidad es baja y manejable, como creo que es, entonces el protectorado en Venezuela debe ser amplio y completo, y debe precipitar cuanto antes los cambios políticos. Solo así Estados Unidos puede anotarse una victoria, contar con un aliado, asegurar el acceso a los recursos naturales y, sobre todo, negarlos a rivales extracontinentales.

El plan de tres fases se articula con una estrategia de seguridad nacional que prioriza el hemisferio occidental, y su propósito en Venezuela es la estabilidad democrática, aun bajo una soberanía limitada. Si en algún momento los venezolanos han estado dispuestos a aceptar condiciones como estas, es ahora, pues el chavismo destruyó las resistencias soberanistas y abrió las puertas a una hegemonía estadounidense en el país.