Finalmente, la Argentina
tocó fondo. Los veinticinco millones de pobres que registró la última medición
del INDEC representan una amenaza existencial para el proyecto argentino, que fue
y será un sueño de prosperidad. Todo joven de por aquí atraviesa, al menos una
vez en su vida, el dilema de Ezeiza, porque la argentinidad sin
prosperidad parece no tener sentido. Es por eso, también, que la pregunta sobre
la supervivencia de la Argentina escaló al primer plano de la política.
Y sin embargo, el
discurso del “país de mierda” pasó de moda, y nunca se vieron tantas banderas
argentinas en la calle como hoy. En esta crisis, de apariencia terminal, las
emociones son distintas.
Milei, el presidente
libertario, vino con la promesa de restaurar en 35 años una Argentina potencia
que no es otra cosa que nuestro modelo exitoso de fines del siglo XIX.
Villarruel, la vicepresidente patriota, compite con Milei por los buenos usos
del discurso de la soberanía y la nación. El peronismo, otrora “el partido
político más grande de Occidente”, vive su propia crisis de identidad, que
consiste en revisar su propia hegemonía progresista y reencontrarse con sus
raíces nacionales, conservadoras y populares. El consenso alfonsinista ha muerto
y la política de 2024 es una competencia de nacionalismos que buscan dar
respuesta a la pregunta existencial de qué somos y para qué estamos aquí. Por eso
creamos esta revista: un espacio de conversación plural y apartidario entre
personas que debaten sobre la nueva prioridad de la cuestión nacional.
Puede parecer
contradictorio que el pueblo argentino haya elegido a Milei, el primer
presidente libertario, en nuestro apogeo de nacionalismo. Los libertarios de
manual anhelan una utopía perdida donde personas libres intercambian bienes y
servicios sin estados ni naciones que las molesten. Pero este libertario, que
se sube a un tanque y habla de Dios, Patria y Familia, parece más bien un
libertador de antaño. En su campaña y en cada uno de sus discursos, Milei
promete liberar a los “argentinos de bien” de la casta política y de un modelo
de estado ajeno a sus intereses. Del otro lado, en lo que promete ser la grieta
más grande de nuestra democracia, quedarían los defensores de los escombros de
1983. El 56% obtenido por Milei en el balotaje de noviembre es la expresión
revolucionaria de esta crisis, ya que una mayoría decidió darle el poder a un
foráneo del régimen, mezcla de Robespierre y Napoleón, que avisó sin eufemismos
que va a arrasar con todo lo que pueda.
No parece casual,
tampoco, que este reverdecer de la cuestión nacional en la Argentina transcurra
en el mundo de 2024, caracterizado por la multipolaridad, la nueva bipolaridad
y los nacionalismos. No se trata solamente de Donald Trump o los soberanismos
europeos, más afines a nuestro imaginario cultural; también en Japón, India,
China, Rusia, Turquía, Israel o Sudáfrica gobiernan los líderes que prometen
defender a la nación de un globalismo intimidante. Pero el caso argentino, como
todos, tiene su singularidad. Aquí no nos preocupa tanto el afuera, lo que nos
corroe es la desintegración desde adentro. No es solamente la herida emocional del
orgullo argentino, que explotó el 18 de diciembre de 2022, ni la nostalgia del
paraíso perdido que atrajo a nuestros antepasados. El consenso de 1983 fracasó porque
no abordó los problemas estructurales del modelo político y económico, que el
país arrastraba desde mediados del siglo XX. Y la elección de Milei puso en
discusión la organización misma del estado argentino.
El primer
presidente sin gobernadores propios es, al mismo tiempo, el primer federalista en
llegar a la Casa Rosada. Pero Milei no es un federal de poncho y queja, Milei
es como Dorrego: él quiere un estado nacional pequeño y fuerte, con servicios
de inteligencia y aviones de combate, y enviar a las provincias todas las
funciones estatales que pueda. Si lo dejaran, Milei transferiría a las jurisdicciones
provinciales casi todo lo que hoy administra la Nación, desde rutas hasta
universidades, junto con la responsabilidad de recaudar los impuestos necesarios
para solventar esos servicios. Los medios de comunicación dejaron pasar sin
pena ni gloria el discurso presidencial más rupturista desde 1983: ante la
Asamblea Legislativa, días atrás Milei anunció que va a utilizar todo el poder
de hecho que ejerce la Presidencia para transformar de cuajo la relación entre
la Nación y las provincias. Esa rosca fatal, mal llamada federalismo, que fue
durante los últimos 40 años el corazón de la política económica argentina.
Con Milei o sin Milei,
su sola elección presidencial es un parteaguas sin retorno de la historia. Quienes
imaginan un pueblo argentino de Doñas Rosas escandalizadas por el precio del
puré de tomate no han mirado a la gente a los ojos. El desguace del estado que
ejecuta Milei tiene apoyo popular porque se había quebrado el vínculo entre
estatalidad y servicio público. Si quiere reconstruirlo, la política tiene una
tarea titánica por delante. Porque la base de todo, aún de los criterios de
libertad, justicia y solidaridad, es el sueño. Sin sueño argentino, sin nación,
no hay ni puede haber nada.
Quienes analizamos y comentamos la política también
tenemos un desafío enorme. Por más de veinte años estuvimos pensando y
debatiendo lo político desde la sombra de la crisis de 2001. Pero ese ya no es
el eje de nuestra época. Las dos corrientes principales que emergieron de
aquellas imágenes de decadencia, el kirchnerismo y el macrismo, hoy ocupan un
lugar secundario. Los términos de la discusión cambiaron dramáticamente, y nos
planteamos fundar una publicación que dé cuenta de la novedad. Una novedad que,
a nuestro entender, inicia un ciclo que durará varios años. Con Paula Granieri nos
preguntamos en alguna oportunidad por qué tantas revistas de política y cultura
posteriores a la crisis de 2001 adoptaron -con o sin ironía- nombres de
ciudades y países extranjeros, y aunque no llegamos a ninguna conclusión firme
al respecto, pensamos que detrás de esas elecciones editoriales había una
suerte de plan de evasión territorial. Ahora ya no queda más margen para
elusiones, la cuestión argentina pasó al plano principal, atraviesa a toda la política,
y queremos aportar. Las preguntas sobre qué es la Argentina, dónde quedó nuestro
sueño, cuál será su orientación geopolítica, qué lecturas de la historia se
imponen en este marco, cómo son los sentimientos culturales evocados por estos
debates identitarios, son las cuestiones que vienen, y requieren un clave bien
temperado. Por todo lo anterior, denominamos Primero Argentina a esta
revista semanal que nace hoy. Arrancamos con las contribuciones de Rosendo
Fraga, Jorge Castro, Abel Fernández, Leandro Ocón y Nancy Giampaolo, además de
los aportes de Paula Granieri y quien suscribe. Todas las semanas actualizaremos
contenidos.