Es convencional decir, desde diferentes identidades ideológicas, que la política internacional es «la verdadera política», o que «debemos definir dónde queremos estar en el mundo». Palabras. Los datos muestran que las noticias internacionales están entre las menos leídas en los medios tradicionales y, hasta ahora, tienen poco espacio en el mundo digital entre nosotros. Casi todo lo que se ve son videos propagandísticos en instagram o Tiktok…
Pero la política internacional, al menos en el mundo atlántico, ha vuelto a ideologizarse, como en una Guerra Fría de segunda selección. Y en Argentina, siempre receptiva, algunos conceptos están entrando en el discurso político.
En primer lugar, el Peluca y los libertarios que escriben algo más que tuits mencionan una «izquierda» omnipresente, maligna, que impulsa el socialismo, el feminismo y las opciones sexuales «distintas», Y sus opositores hablan a veces de una «derecha global».
Aporto entonces esta «pastilla»: No hay derecha global, como no hay una izquierda global. Se puede decir, sí, que hay «derechas», como hay «izquierdas», en el mundo actual. Yo tiendo a verlas como residuos nostálgicos del siglo XX, pero puedo estar equivocado.
Como sea, en la Unión Europea, y en general en la esfera de influencia de Estados Unidos -eso nos incluye a nosotros- han surgido partidos con un discurso soberanista, identitario y xenófobo. Además son procapitalistas, pero no más que Macron, los tories ingleses o los herederos de Strauss en Baviera. En Argentina le dimos un toque original y elegimos al único que dice que hay que destruir al Estado. El regreso de Trump a la Presidencia les ha dado un impulso muy fuerte a todos ellos… pero una Internacional de nacionalistas es un concepto bastante contradictorio. Difícil de llevar a la práctica. Y es dudoso que el Donald esté realmente interesado en eso. El único nacionalismo que le importa es el estadounidense.
Hay otras realidades duras y concretas que abarcan una porción del globo mayor que la que gobiernan o agitan esas «derechas alternativas» o «extremas». Sin ser exactamente globales. Una de ellas son los mercados financieros, que a través de fondos de inversión y algunos otros mecanismos han acumulado capitales mucho mayores que los que manejan la gran mayoría de los Estados nacionales. Pero no tienen ideología, ni un proyecto más allá de eliminar las limitaciones a su libre movimiento, y maximizar el retorno. En la última década del siglo XX invirtieron en China, y contribuyeron a su transformación en la Gran Potencia que es hoy. No intencionalmente, claro.
Otro poder que, ese sí, abarca todo el globo en el campo que le interesa, es el acuerdo tácito entre las Grandes Potencias dueñas de un arsenal nuclear y de los medios para usarlo, para impedir la proliferación de armas nucleares. Salvo satélites privilegiados y -suponen- controlables. Israel, Corea del Norte,… Y ni siquiera aquí puede hablarse de un poder global indiscutido: India y Pakistán tienen arsenales nucleares. No en el nivel de las Grandes Potencias, pero…
Los megamillonarios de la foto que encabeza el post tienen poder global, el de sus herramientas tecnológicas, y lo usan. Pero no están unidos, ni ejercen un monopolio: aparecen en China, y pueden aparecer en otros sitios, competidores. Por algo se reúnen para aplaudir la sunción de Trump: quieren que ese poder estatal les asegure espacios.
Para resumir de alguna manera esta «pastilla geopolítica», actualizo las palabras de un despiadado general ateniense: «Las fantasías ideológicas son la perdición de los débiles». Lo mejor es tratar de ser fuerte, y sobre todo cuando no se es, evitar las fantasías.