Llega el wokismo 2, y será peor que el 1 

Woke 1 se centró en los estudios de género, la teoría crítica de la raza o la identidad transexual; Woke 2 gira alrededor del activismo simpatizante con lo islámico.

 Miguel Ángel Quintana Paz

4 de septiembre de 2026

Las escuelas de negocios abundan en historias «inspiradoras» cuyo argumento podría resumirse así: la segunda parte fue mejor que la primera. Por ejemplo: aunque Bill Gates y Paul Allen fracasaron estrepitosamente con su primer proyecto —lo cual acaso resulta comprensible: contaban con 17 y 19 años de edad—, luego se harían millonarios con Microsoft. Otro ejemplo: aunque Apple cosechó copiosas pérdidas con su primera agenda de bolsillo, el MessagePad, luego rompería el mercado con su iPhone y su iPad. En las escuelas de literatura se podrían narrar aventuras similares: no en vano fue un personaje cervantino, el bachiller Sansón Carrasco, quien consagró el dicho «nunca segundas partes fueron buenas»… al pronunciarlo justo en la segunda parte del Quijote, tan excelsa o más que la primera.

Ahora bien, a ninguno de sus rivales debió de gustarle nada que Bill Gates, Apple o Miguel de Cervantes acabaran triunfando; y mucho me temo que a quienes llevamos años luchando contra el wokismo tampoco nos va a gustar lo que se nos viene en los próximos años. En Estados Unidos ya le han puesto nombre: «Woke 2», por contraposición al «Woke 1» de la última década. ¿En qué consiste esta segunda parte del wokismo y en qué se diferencia de la anterior?

Si preguntamos a sus defensores, se nos dirá que Woke 1 se centró quizá, un poco, tal vez demasiado, en controlar el lenguaje, en censurar a voces disidentes —ellos lo llamaron «cancelar»—, en copar todos los puestos importantes de la academia. Son los años en que tu amigo de toda la vida, de repente, te contaba sus «pronombres» en la firma de sus correos electrónicos; en que una agente de Igualdad venía a vigilar qué tal te portabas en tu trabajo; en que una turbamulta derribaba la estatua de fray Junípero Serra por colonialista. Son también los años en que un tuit graciosete que publicaste allá por 2011 arruinaba, de súbito, tu reputación y tu carrera cinco años después.

Woke 2, sin embargo, va a concentrarse menos en los símbolos y más en la realidad. O, al menos, eso es lo que declaran sus adalides. Woke 2, por consiguiente, va a exigir menos castigos públicos a quien se considere reo de sexismo, va a imponer menos cursos obligatorios de Diversidad en cada empresa, dicen; pero, como contrapartida, se preocupará más de los altos precios del alquiler, de aumentar los bajos salarios, de mejorar la sanidad pública, nos dicen también. Woke 1 se desplegaba sobre todo en los campus; Woke 2 se propone ocupar más bien los despachos de gobiernos y hacer eficaz la burocracia, afirman.

El lector avisado habrá captado ya el truco: por enésima vez la izquierda —que hoy es ya casi solo izquierda woke— nos promete que ahora ya, de verdad, ahora sí que sí, nos traerá la prosperidad, la igualdad, el bienestar, los helados de fresa gratis y el chocolate caliente. Y lo hace, sin ningún pudor, en la época en que la clase media —norteamericana, pero también española, británica, francesa o alemana— lleva casi dos décadas con sus condiciones de vida degradándose a ojos vistas. Sobre todo durante el último decenio, que ha sido justo el decenio woke.

¿Significan estos peros que todo eso de la diferencia entre Woke 1 y Woke 2 es mero asunto de marketing político —no en vano, una de sus principales popularizadoras ha sido la estrella demócrata Alexandria Ocasio-Cortez—? ¿Significa que no hay una segunda parte de lo woke? Bueno, todo depende, como siempre, de dónde busque uno sus enseñanzas sobre el mundo. De forma que, si uno aparta la mirada de lo que nos cuentan los popes wokistas y la dirige hacia lo real, sí que percibirá un progresivo cambio en las cosas. Ahora bien, ese cambio no es positivo, como quiere hacernos creer la iglesia wokista. Está lejos de representar una evolución. Representa, de hecho, una involución.

Para entenderlo, no nos fijemos tanto en los programas político-económicos —que, como ya nos advirtiera el socialista Enrique Tierno Galván en su día, están para no cumplirse—. Al fin y al cabo, otro izquierdista, el sociólogo Musa al-Gharbi, ya ha reconocido que el wokismo se ha mostrado por completo inútil a la hora de mejorar la economía de los más depauperados.

Dirijamos en lugar de eso nuestra atención a algo más revelador: el reparto de papeles.

Woke 1 escogió a sus héroes en el terreno de lo sexual: la mujer, la lesbiana, el gay, el transexual, el queer y todo el vocabulario y siglas —LGBTQIA…— que había que aprender a marchas forzadas, so pena de excomunión. Su campo de batalla era el cuerpo. Y sus escaramuzas se libraban en lavabos unisex, en pronombres complicados, en cuotas femeninas impuestas en partidos y empresas. El desfile triunfal tras esos combates venía a ser, cada verano, el del Orgullo: un festejo patrocinado por compañías eléctricas y grandes bancos que, por cierto, luego se olvidaban de poner la bandera arcoíris, ya es casualidad, en los países donde peor vives si no eres varón o heterosexual. Una cosa es ser feminista e inclusivo, otra tener que pagar por ello en Turquía, Egipto o Palestina, supongo.

En cualquier caso, Woke 2 cambia ese reparto. Su víctima emblemática ya no es la mujer que quiere una cuota para ascender en su empresa, ni el niño al que un buen día se le ocurre vestirse de niña. Su nuevo foco es el inmigrante. Y como la inmigración con menos ganas de integrarse tras haber llegado a Europa o Norteamérica es la musulmana, quien hoy dice «inmigrante» acaba diciendo «islam».

Lo han resaltado ya autores como Daniel Greenfield o Spencer Klavan. Mientras Woke 1 se centró en los estudios de género, la teoría crítica de la raza o la identidad transexual, Woke 2 gira alrededor del activismo inmigracionista, propalestino y simpatizante con lo islámico. O, dicho de modo más bibliográfico: si Woke 1 leía sobre todo a la gran teórica del género, Judith Butler, Woke 2 prefiere leer en cambio al portaestandarte del anticolonialismo, Frantz Fanon.

Quizá la fotografía que mejor retrata lo que estamos contando sea la que muestra a Zohran Mamdani, primer alcalde musulmán de Nueva York, jurando el cargo con la mano sobre el Corán. Su programa había prometido lo que ya hemos visto que los wokistas 2 siempre prometerán: mejores precios de alquiler, mejores servicios municipales, supermercados públicos donde todo será más barato y nutritivo. Mamdani, pues, compendia esta nueva etapa: propuestas económicas en el programa, insistencia islámica en la biografía y Palestina como eje moral de la coalición. Pues este es otro rasgo que conviene destacar en este wokismo de segunda hornada: su insistencia en la política exterior —y quien dice política exterior dice «conflicto entre israelíes y palestinos»—. Política que parece, de repente, convertirse en el epicentro de todo lo demás. En España bien lo sabemos: nuestro Gobierno se ocupa antes de cualquier ONG propalestina que de nuestros compatriotas en Adamuz, Paiporta o La Palma.

De hecho, es por desgracia otra calamidad española la que también nos está enseñando, sentados en primera fila, el tiempo nuevo que nos llega. Hablamos, claro está, de Ceuta. Fijémonos en cómo se quiere dirigir allí nuestra empatía hacia los invasores que aún ocupan sus playas y calles, y no hacia los ceutíes que han visto patas arriba su vida de la noche a la mañana. Miles de invasores penetran en nuestro territorio y nuestra conversación pública se pone a hablar sobre cómo facilitarles la vida en vez de sobre cómo proteger a los compatriotas de Ceuta; sobre cómo repartir menas en vez de sobre soberanía.

Ahora bien, quizá pocas cosas reflejen mejor la llegada de Woke 2 que escuchar anteayer a la actual ministra de Igualdad, Ana Redondo, en el Congreso de los Diputados. La misma señora que lleva lustros aseverando que la violencia contra las mujeres es culpa de la cultura «heteropatriarcal»; la misma feminista que considera a todos los varones heterosexuales españoles, por consiguiente, como un poquito culpables de todas las violaciones; la misma defensora de una ley de violencia de género que ubica en una cultura machista colectiva el origen de cualquier agresión a una mujer; ella misma no ha tenido problema en abandonar rápido esa cartilla —la cartilla de Woke 1— para adoptar un nuevo catecismo —el de Woke 2—. Y, así, el pasado 31 de agosto aseveraba que «la responsabilidad por una agresión es siempre de quien la comete» —nada de analizar la influencia que puedan tener en ese ataque a la mujer las ideas de un grupo o de una cultura entera—; nueva teoría aplicable solo, al parecer, cuando las agresiones se producen en Ceuta. De modo más patente que nunca, a nuestra izquierda le importa ya solo cada individuo y no el conjunto al que pertenece… si ese conjunto es el de los musulmanes; le preocupa ya solo cada conciencia y no la mentalidad en que se ha formado… siempre que esa mentalidad la haya conformado el islam. Bienvenidos al Woke 2.

La ministra, con todo, representa solo la cara más visible y más fea de este giro, que podemos observar por doquier. Así, las mismas organizaciones feministas o LGBT que hace pocos veranos te convocaban una manifestación por un chiste desafortunado, este agosto no han encontrado hueco —ya se sabe lo atareado que es un mes así— para protestar por las numerosas y trágicas agresiones a mujeres. Ni tampoco para preocuparse por la amenaza hacia los trans, los gais y las lesbianas cuando nos acaba de llegar una ola de invasores que, la verdad, no tienen pinta de haber cursado esos seminarios sobre Igualdad y Respeto a la Diversidad que aquí, nos decían, resultaban imprescindibles para curarnos del machismo español. Únase a esto el ingente número de periodistas, académicos y comunicadores progubernamentales que han replicado idéntica actitud y, vaya, creo que hay buenos argumentos para decir que en España ya tenemos del todo implantado nuestro propio Woke 2.

¿Resulta sorprendente su llegada, ahora que muchos habían declarado muerto al wokismo —pero resulta que, vaya, era solo el Woke 1 el que, un poco, se nos retiraba—? Sin duda hay grupos a los que sí, este giro les ha sorprendido. Pienso en tantos y tantos profesores woke de universidades, sobre todo en Estados Unidos, que desde hace casi tres años han visto cómo el movimiento que tanto habían promocionado ahora se les ha vuelto en contra. Y se les ha vuelto en contra por un peculiar detalle: que son judíos.

Y es que, aunque fueras judío, ello no representaba un problema para el Woke 1 —al contrario, siempre podrías sacarle algún provecho como minoría—; pero el giro promusulmán del Woke 2 y su obsesión con la política exterior sí que te convierte en un problema. De hecho, acaso te convierta, por judío, en su problema primordial. Mencionemos que este giro también se puede observar en España, a propósito de Ceuta: académicos, periodistas, activistas y coristas nos insisten en que la culpa de que nos hayan invadido no es tanto, en realidad, ni del Gobierno de España ni del Rey de Marruecos, sino sobre todo de Israel; tesis a la que se ha sumado, chulesco, el yerno de proxeneta que ejerce aún la presidencia del Gobierno.

Ahora bien, siempre hay alguna Casandra a la que los nuevos vericuetos de la historia no le sorprenden tanto. De hecho, algunos llevan avisando de estas cosas mucho, mucho tiempo. Pienso en Paul Berman, que ya en 2010 nos advertía de que los intelectuales se estaban acomodando demasiado bien con islamistas, como Tariq Ramadan, y despreciando a las víctimas de ese islamismo, como Ayaan Hirsi Ali. Pienso en Pierre-André Taguieff, que desde hace más de 25 años lleva previniéndonos contra el islamoizquierdismo, término ideado por él mismo. Me parece significativo que, según sus propias declaraciones, dudase en su día si denominarlo «islamo-tercermundismo»; y es que los activistas del Woke 2 suelen ser también firmes partidarios de que España se alíe con cualquier país tercermundista, pese a que ni el chavismo, ni Hamás, ni los ayatolás iraníes, ni ninguno de los aliados que esos wokistas 2 nos proponen haya pronunciado ni medio fonema en apoyo de la españolidad de Ceuta.

Y pienso, en fin, porque el ser humano es frágil y egoísta y apenas puede dejar de pensar en sí mismo, en el artículo que hace ahora cuatro veranos publiqué aquí, y en el que un servidor anunciaba ya esa alianza «lógica», aunque resulte en principio rocambolesca, entre nuestra izquierda woke y el islam. Lejos de mí querer compararme con Berman o Taguieff, claro está. Pero quizá con la vieja Casandra sí que proceda un tanto la analogía; no tanto entre ella y un servidor solo, sino entre ella y todos los que llevamos años advirtiendo contra el wokismo.

Pues al principio nos criticaban por esa palabra rara que usábamos —sí, reconozco que «woke» no es el término más castizo que quepa encontrar—. Luego, cuando ya no cupo más remedio que reconocer su poder, se nos dijo que ya estaba acabándose. Ahora, que se presenta envuelto en nuevos ropajes, algunos se inventarán otras excusas para no mirarlo cara a cara. Y es que este es uno de los grandes aliados del wokismo, como de cualquier otro mal que nos aceche: la tenaz resistencia humana a reconocer la verdad.

Frente a ello, siempre nos quedará Cervantes, que de segundas partes sabía mucho. Él nos aseguró que, al final de todo, la verdad «siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua». Quedémonos con su optimismo. Aunque este aceite tarde lo suyo en subir.