El mundo ante el cual nos perfilamos ya no responde únicamente a la vieja lógica de Estados-nación en pugna; asistimos a una mutación sistémica. Hemos transitado de un globalismo de fronteras laxas a una suerte de tecno-feudalismo o "ilustración oscura", donde las élites globales y los grandes conglomerados tecnológicos pujan por concentrar el poder real, erosionando las soberanías tradicionales y planteando un escenario de gobernanza atomizada y tecnocrática.
En este marco de fragmentación, la cartografía estatal se reorganiza en bloques rígidamente enfrentados. El escenario que el especialista Guillermo Lafferriere bautizó como "Yalta 2.0" se ha complejizado. La vieja estrategia de Kissinger de buscar un orden tripolar aislando a China o atrayendo a Rusia fue sepultada por la rigidez de Washington. El tablero actual muestra una Eurasia abroquelada por el espanto y la necesidad de supervivencia frente a Occidente. Por un lado, el frente europeo sigue tensionado al límite: a pesar de los intensos esfuerzos de Moscú, Ucrania ha demostrado una capacidad de resistencia enorme, sosteniendo el conflicto mediante operaciones asimétricas y ataques con drones a puntos clave del territorio ruso que frustran cualquier resolución rápida. A este eje de fricción euroasiático se sumó de manera abierta la desestabilización en Oriente Medio con la entrada directa de Irán a principios de este año, consolidando un bloque de resistencia multipolar donde Pekín opera como el gran soporte financiero y logístico del Este, y Rusia e Irán actúan como los arietes político-militares.
El advenimiento de esta nueva post-polaridad es un hecho. La administración Trump busca forzar un alto al fuego en Ucrania y desactivar el gasto militar de la OTAN, pero la inercia del conflicto y los intereses de las élites corporativas globales dificultan un retorno al statu quo anterior. Al mismo tiempo, la IA, la robótica y el desarrollo de la cadena de producción de drones han demostrado que "periferia" no significa imposibilidad de defender lo propio. La tendencia igualadora que tiene este potencial tecnológico va a disparar la próxima carrera geopolítica cuyo recurso principal es el conocimiento, transformando todos los órdenes. Los sistemas políticos se van a ver en jaque ante un corrimiento real del flujo de poder hacia instituciones informales que verdaderamente lo ejercen, lo cual nos traerá también un desafío institucional nuevo: mayores cadenas de mando, mayor descentralización de las cadenas de valor y el des-dibujamiento de la frontera entre lo civil y lo militar en cuanto al uso de la tecnología.
Es aquí donde la categoría de lo nacional queda corta y se vuelve indispensable la de lo soberano. Como advertía Carl Schmitt, la soberanía no es un mero atributo jurídico estático del Estado, sino la capacidad fáctica de decidir sobre el estado de excepción. En el orden tecno-feudal contemporáneo, esa facultad de decidir quién es el amigo y quién es el enemigo, o qué flujos de información y recursos se cortan en una crisis, ya no se dirime en los parlamentos nacionales, sino en los nodos de poder difusos de las élites globales.
Frente a las élites globales que decretan el fin de los Estados, para la Argentina, quizá por primera vez en mucho tiempo, es posible una clara diferenciación respecto de la anglosfera y sus proyectos, no sólo porque en relación a nosotros, y a la manera de Schmitt, constituyen un "otro", sino porque inclusive, se encuentran en decadencia respecto de su fuerza gravitatoria que en otras épocas ejercían respecto de los países de segundo y tercer orden. Históricamente, las potencias anglosajonas han pretendido imponer una cartografía mental y un modelo de "Occidente" estandarizado que reduce a las naciones australes a la periferia económica y la subordinación geopolítica.
Mientras la City londinense teje su hegemonía mediante think tanks como la Chatham House, redes encubiertas de inteligencia y un mayor control del sistema financiero global, la Argentina debe cimentar su respuesta en la consolidación de sus intereses a largo plazo, la defensa de su soberanía territorial, pero ésta entendida más allá del mero espacio geográfico, sino mediante su proyección simbólica: una reserva de identidad viva que define el sentido de pertenencia y la voluntad de persistir como comunidad autónoma frente a los intentos de disolución cultural global.
Históricamente, el Imperio Británico nos asignó el rol de una estancia proveedora, un satélite económico integrado a su división internacional del trabajo. En el S. XX, entre la lucha por el reclamo de Malvinas y las gestiones que permitieron la firma del Tratado Antártico, el Estado argentino supo marcar su diferencia de manera contundente respecto del interés británico. Hoy, esa misma lógica se traduce en la persistente ocupación militar de nuestras Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, al igual que ayer, pero a lo cual podemos sumar un proyecto político ajeno a las identidades y las soberanías. Diferenciarnos de la agenda de Londres es, ante todo, un acto de supervivencia y de estricta necesidad de equilibrio estratégico. El ajedrez de Londres es un juego de tableros simultáneos: la zona de influencia Anglo, tanto en el Atlántico como en el Pacífico mediante la organización Five Eyes y la OTAN, sirve de contención tanto a Europa como al extremo Asia.
Para romper con la visión subordinada y dejar de ser espectadores en el teatro de operaciones de los principales proyectos globales, Argentina necesita consolidar su propio proyecto civilizatorio. Este no se diseña copiando recetas ajenas en los centros del norte, sino asumiendo nuestra verdadera geografía: la de una Nación bicontinental. La máxima "Nuestro norte es el Sur" deja de ser una mera consigna geográfica para convertirse en un código geopolítico soberano: la afirmación de que nuestro espacio no es el apéndice de ningún centro de poder del hemisferio norte, sino el núcleo de un proyecto civilizatorio bicontinental con intereses y vectores propios.
Nuestra mirada debe anclarse definitivamente en la proyección antártica. El mapa de nuestro país no termina en los límites del continente americano; se extiende indisolublemente a través del Mar Argentino, de las islas del Atlántico Sur y del Continente Blanco. El Tratado Antártico, del cual somos firmantes originarios, no debe entenderse como un congelamiento de nuestras legítimas aspiraciones, sino como el marco jurídico fundamental donde el resguardo de la paz, la ciencia y la soberanía cooperativa nos posicionan como un actor central del cuadrante austral. El futuro científico, tecnológico y energético de la patria se juega en el hielo y en los mares del Sur.
Asumir esta postura implica comprender que la Argentina es Occidente, pero a su propia manera. No compartimos el nihilismo tecnocrático ni las agendas de disolución estatal que hoy caracterizan a los proyectos de las élites noratlánticas; nuestra identidad se cimenta en una síntesis criolla, mestiza y austral, cuya proyección simbólica y cultural constituye un activo estratégico irrenunciable. Entender el ser argentino como una reserva de arraigo, territorio y voluntad de autonomía es lo que nos permite disputar el sentido de nuestra propia soberanía.
Teniendo en cuenta que operamos en este escenario de post-polaridad tecno-feudal y bloques de influencia, la neutralidad abstracta es inviable. Conviene apoyarse en todo tipo de alianzas que nos permitan el contrapeso necesario para lograr que aquellos objetivos de largo plazo que hacen a nuestros códigos geopolíticos —Malvinas, presencia en el Atlántico Sur y la proyección antártica— no se vean comprometidos. Para esto, Argentina ha jugado a favor de una alianza con EE.UU., lo cual condicionará nuestra política exterior en el largo plazo. Esto no significa necesariamente algo negativo, sino que el punto de partida para entender de acá en más nuestras posibilidades es entendiendo que EE.UU. se ha replegado en su región hemisférica. Y sabiendo esto, es fundamental comprender que para que aquello se traduzca en la mejor expresión de nuestros intereses y códigos geopolíticos, se debe jugar a ser un actor bilateral fuerte. En eso no hay otra opción.
Rivalizar a nivel regional con EE.UU. no sólo sería innecesario al día de hoy sino incluso contraproducente; por lo que la estrategia debiera ser la de equilibrar la defensa de los valores occidentales de la soberanía y la libertad, mientras se mantiene la máxima exigencia en nuestros reclamos territoriales. Para que Washington respete las aspiraciones soberanas del último país austral, debemos aceptar su presencia en el hemisferio, pero no de manera incondicional, sino buscando el equilibrio que constituya nuestras aspiraciones históricas respetadas. Washington entendió en los comienzos de su independencia que necesitaría convivir con los británicos a pesar de separarse de su proyecto político. En esta época de zonas de influencia, reafirmar la presencia estadounidense en el hemisferio no debe significar subordinación, sino convivencia con paciencia estratégica.
Si Argentina decide reafirmar su pertenencia a Occidente, debe hacerlo bajo la premisa de la Guerra Fría original: garantizando sus propios códigos geopolíticos a largo plazo, y no rindiéndose a un nuevo Consenso de Washington ni cayendo en el viejo latinoamericanismo adolescente del que afortunadamente hemos salido. El alineamiento automático queda rechazado de plano, lo cual no quita la capacidad de designar aliados tácticos temporales o estratégicos a mediano y largo plazo, siempre y cuando todo ello se sitúe subordinado a la concreción de nuestros intereses de largo plazo. Al mismo tiempo, debemos vigilar milimétricamente que nuestros lazos comerciales estratégicos —particularmente con China— no comprometan nuestra posición.
De esto podemos aprender de la historia de los años 40 y 50: tomar lo que nos sirve y descartar lo que no, entendiendo que cada época responde a sus propias circunstancias. Más allá de las divisiones ideológicas o económicas tradicionales, el 4 de junio nos rescata el sentido soberanista y la necesidad imperiosa de construir poder soberano, incluso en un escenario que incluya a la nación, pero que la integre en una unidad mayor que necesitamos para que ese poder soberano sea efectivo. En un mundo fragmentado en zonas de influencia y redefiniciones civilizatorias a partir del uso de la tecnología, el Norte buscará consolidar su zona de influencia; nosotros debemos hacer lo propio en el Cono Sur, proyectando poder nacional y masa crítica regional de manera conjunta.
Ejecutar nuestros propios códigos exige subvertir la cartografía mental que nos impusieron y adoptar una máxima innegociable: "Nuestro norte es el Sur". Asumirnos como un país verdaderamente austral significa comprender que nuestra aparente periferia actual es, en realidad, nuestra mayor fortaleza para el mañana. Mientras el hemisferio norte se desgasta en conflictos artificiales, crisis de deuda terminales y reordenamientos demográficos gestionados por las élites globales para debilitar las soberanías nacionales, el cuadrante austral y la Argentina emergen como un auténtico reservorio de estabilidad, recursos estratégicos y arraigo existencial.