Para los argentinos contemporáneos, orden es un significante que remite al control de la inflación, la delincuencia y las calles. El discurso del orden es más aceptado que la denuncia de represión.
Julio Burdman y Viviana Isasi
31 de marzo de 2025
El operativo antidisturbios durante la marcha de los barras jubilados volvió a poner en primer plano a la seguridad como asunto político. Desbordante de cinismo, después de los desmanes de Buenos Aires, el círculo informado comenzó a revolver en la olla del muerto. Del "quieren poner uno" a "los muertos de la represión"; del "valiente fotógrafo que nos recuerda a Rodolfo Walsh" al "militante camuflado de periodista", y de "la pobre abuela golpeada, que pudo ser la nuestra" al "mi abuela no anda por ahí con barras golpeando policías", toda la discusión giro en torno a los usos y los costos de la violencia. Un tema de larga data, aquí y en todos lados, pero que sufrió una transformación sustancial en los años de Mauricio Macri.
Argentina nunca fue un país particularmente inseguro. De hecho, es uno de los más seguros de la región, y si dejáramos de lado las numerosas excepciones del AMBA, Rosario, Córdoba y Comodoro Rivadavia estaría entre los más seguros del mundo. En el otro país, los autos no se cierran y las bicicletas se estacionan sin cadena. Y sin embargo, las sensación de inseguridad se extiende por la conciencia de los argentinos. Que demandan el exacto opuesto de la inseguridad: el orden.
La demanda de orden en Argentina tiene dos niveles. Hay uno tangible y localizado, que afecta a las zonas calientes del delito: el conurbano bonaererense, el oeste rosarino o la Triple Frontera. La capital cordobesa pareciera querer sumarse a este club de los territorios problemáticos. Allí, la demanda social pide policiamiento, mano dura y efectividad contra los malos. El otro, más conceptual, es el que asocia al orden de la seguridad como la contracara del caos económico y social. Allí es donde la seguridad se convierte en una noción politica fundamental.
Esa dimensión de la seguridad fue la bandera que el peronismo, otra partido del orden, perdió a manos de sus adversarios. El justicialismo menemista -en rigor, el único justicialismo realmente existente, al menos hasta ahora- ordenó todo lo que el radicalismo alfonsinista había desordenado: teminó com la inflación, las revueltas militares, la sedición de la calle y el tercermundismo. El kirchnerismo desaprovechó el legado del orden justicialista -es decir, menemista- y volvió al caos alfonsinista: inflación, calles turbulentas, alejamiento de Estados Unidos, reapertura de la "cuestión militar".
Contra ese cuadro caótico y neoalfonsinista votó más de la mitad de los argentinos en 2015. Pero Macri y Marcos Peña no se tomaron tan en serio su mandato restaurador. La excepción estuvo en uno de los ministerios de su gabinete. La imprevista Patricia Bullrich.
Entonces ella no era parte del PRO ni de la mesa chica de Juntos por el Cambio, y la pusieron a cargo del novel Ministerio de Seguridad, que había sido creado sin pena ni gloria por el segundo gobierno de Cristina Kirchner, tal vez porque no esperaban nada de ese raviol del organigrama. De hecho, asumió en medio de una estocada: horas antes de su nombramiento, Peña y Horacio Rodríguez Larreta organizaron sin avisar el traspaso a la Ciudad de Buenos Aires de la mayor parte de la Policía Federal. Pero Bullrich, extranjera en su gobierno y ninguneada por la mesa chica del macrismo, vio todo el potencial del raviol que le habían dado. Aún con el sablazo ejecutado por las manos derechas de Mauricio.
Con poco y nada, Bullrich construyó el asunto político de la seguridad, y se convirtió en el alma del gobierno de Macri. En rigor, las funciones del Ministerio de Seguridad son acotadas -no tiene jefatura sobre las policías provinciales, y las fuerzas federales que conduce operativamente también dependen del Poder Judicial- pero ella inventó algo nuevo, que nadie había intentado en democracia: un discurso político de la ley y el orden, asociado al liderazgo ejecutivo, aplicable a casi todo.
Bajo el significante seguridad, y con un manejo experto de la polarización, logró poner bajo el paraguas de la inseguridad a un conjunto cada vez más amplio de problemas: delito simple, corrupción, transporte público clientelismo, narcotráfico, chavismo, piquetes, terroristas, y un largo etcétera de perturbaciones cotidianas.
Jaime Duran Barba advirtió, a mitad de camino y con encuestas en la mano, que era por ahí y no con globos ni timbreos. El inesperado éxito del bullrichismo trajo consigo el descubrimiento de que el hartazgo de los argentinos era más profundo que lo previsto, su progresismo en sangre era menor a lo que el mito indicaba y había margen de maniobra para un gobierno rupturista. Pero ya era un poco tarde. El estilo centrista con toques progresistas del gobierno cambiemita ya no tenía retorno, y mientras tanto la figura de Bullrich crecía como una excepción. La seguridad política se convirtió en una fábrica de liderazgos, y su propio caso era testimonio de ello.
Con un modelo práctico y sin teorizar demasiado, Bullrich se convirtió en la alternativa real a la doctrina Zaffaroni, que no era otra que la del consenso alfonsinista, obsesionado con la autoridad. Para el vilipendiado jurista, lo que producía el caos era el poder punitivo del Estado. O sea, los de uniforme y la burocracia que los legitimaba; la función de la buena política era controlar al Estado. Un ñoño republicano, digamos. Para Patricia Bullrich, desde la trinchera de la gestión, es exactamente al revés: el caos vino porque los garantes del orden estaban atados de manos. Y la calle, siempre enamorada del orden, compró su tesis.
¿Cambió esa ecuación fundamental, que llevó a la alianza Milei - Bullrich a ganar la segunda vuelta? Creemos que no, y los números de nuestras encuestas lo confirman. El discurso del orden sigue siendo más aceptado que la denuncia de la represión. Y ello significa que Milei y Bullrich ganan en la reedición de la calle como forma de expresión política. La oposición va por un camino que ya demostró su fracaso. Y el gobierno recupera la posibilidad de mostrar un éxito de corto plazo. Porque el progreso que Milei prometió tardará años en llegar, pero el orden puede alcanzarse en cuestión de horas.