Primero Argentina. 

La agenda antiwoke es real

Lejos de ser un asunto secundario, la agenda antiwoke de Milei es central para su relación con una parte significativa de la sociedad argentina, que es menos progresista de lo que se creyó durante 40 años. De la misma forma, la "guillotina" debe ser entendida como una herramienta electoral. 

Julio Burdman

11 de febrero de 2025

Tras el discurso de Javier Milei en el último Foro de Davos, la marcha opositora ulterior y toda la polvareda que se levantó después, proliferaron análisis políticos que subestiman el papel que la agenda antiwoke juega en la Argentina de hoy. Se dijo que el discurso de Milei es importado de Estados Unidos y que no mueve el amperímetro de una calle que solo piensa en la economía. Se busca instalar que hay una agenda real, material, del changuito del supermercado, que se contrapone a la presunta irrealidad de la batalla cultural mileista, que se estaría aislando de las preocupaciones de Doña Rosa. A esa línea se va subiendo también Cristina en su saga de posteos "Che Milei". En esta nota vamos a argumentar que esto no es así. La cuestión de la igualdad entre hombres y mujeres ante la ley, sustrato de la agenda antiwoke que Milei impone en la opinión pública, es muy real y cotidiana para los argentinos de a pie. Es una de las razones del ascenso de Milei, cuya repercusión internacional se basa en haber dicho con elocuencia que el wokismo -que aquí llamaríamos progresismo cultural- y el intervencionismo económico son dos caras de una misma moneda. Y que la respuesta a ambas es un liberalismo de derecha hecho en Argentina, hoy modelo exportación para los conservadores del mundo. 


En Argentina, la palabra woke puede ser de aparición reciente, pero el rechazo a lo que implica no lo es, ni es menor. Sobre todo su capítulo de género, que en los últimos años se extendió por toda la legislación y el estado. Pero para la sociedad fue como si se la hubieran metido por la ventana y a la medianoche. De otra manera, es difícil de explicar el apoyo que obtiene el desmonte de la misma. Según encuestas que yo mismo conduje, el 62% estuvo a favor del cierre del Ministerio de las Mujeres y Géneros en 2024. Y en pleno gobierno de Alberto Fernández, el 75% se oponía al uso del denominado lenguaje inclusivo por parte de funcionarios de gobierno e instituciones públicas.


Obviamente, ese 75% de disconformes con la cuasi oficialización del lenguaje inclusivo incluía a una enorme mayoría de los propios votantes de Alberto Fernández y el Frente de Todos. Nada menos que 67% de los mismos. Pese a ello, el entonces Presidente y sus ministros se empecinaban en decir todes, incomodando a su base electoral. Eso era lo más llamativo de la agenda de género en el caso argentino: la grieta de la representación. En un sistema político presidencialista y dependiente de la formación de coaliciones electorales mayoritarias, se imponía a gran velocidad una ideología de baja popularidad. Piantavotos. Si los  representantes eran mucho más progresistas que los representados, algo estaba funcionando mal en la representación.


El debate por el aborto también reflejó otra dimensión de esta disonancia cultural entre dirigencia y pueblo: la geografía. La sociedad estaba dividida en mitades sobre la ley que impulsó Fernández, quien gobernó sistemáticamente a espaldas de su electorado. El AMBA estaba más bien a favor, pero la Argentina profunda del Norte, los Andes y el Centro era mayoritariamente crítica del proyecto. En el Congreso ganó el aborto en ambas cámaras, con el dato revelador de que los senadores del Norte, del partido que fuesen, votaron en contra porque "tenían que volver a sus provincias". Faltaba un partido que representase los valores conservadores populares del interior, y allí apareció Milei. Quién prácticamente inició su actividad política participando en las marchas celestes del año 2020, y en 2023 arrasó en provincias del Norte que ni siquiera había visitado.


El punitivismo de género


No quedan dudas de que en la mayoría de los temas los temas que componen la agenda woke de género -aborto, ministerios de mujeres, lenguajes inclusivos, cupos LGBT, documentos no binarios, etc.- se produjo un problema de representación política que Milei supo capitalizar. La política parecía estar ocupándose demasiado de problemas de minorías, las corrientes de disconformidad no tenían verdaderos representantes, faltaba un partido de derecha... y entonces apareció el mileismo. Milei no es sólo un outsider, como Carlos Reutemann, Palito Ortega o Miguel Del Sel: es un outsider de derecha, un emergente de la Argentina conservadora subrepresentada. Habla de estos temas porque son sus temas, los que lo pusieron allí. Milei hace exactamente lo contrario a su predecesor Alberto Fernández: se conecta con su base electoral.


Pero dentro de la batería de temas que componen la agenda woke, Milei hace foco en uno, el más importante y movilizador de todos. El de la igualdad de hombres y mujeres ante la ley. Los documentos no binarios, cupos trans, ley Micaela o ministerios de mujeres pueden ser metáforas de cómo el estado utiliza esfuerzos y recursos en temas no prioritarios, pero no quitan el sueño de la opinión pública. Tampoco las historias de hombres convictos que se autoperciben mujeres para ir a cárceles más cómodas, o ganar competencias de natación. Pero el impacto de la ideología de género en la justicia familiar y penal, que sostiene que la mujer es una persona precaria y acreedora de protección legal especial, alteró gravemente las relaciones sociales cotidianas. Ese es un tema que sí afecta a porciones enormes de la sociedad. Y que recién comienza a ser abordado por la dirigencia política, aquí y en el resto del mundo.


Probablemente nadie se oponga a que un asesino de mujeres, o femicida, obtenga una pena mayor que un asesino de hombres. Pero lo que genera oposición masiva, y hay varios estudios que lo confirman, son las leyes que consideran a las mujeres como seres débiles que deben ser protegidas preventivamente de los hombres. La historia que con gran valentía cuenta Nicolás Mattiauda aquí es moneda corriente. La guerra al varón en los tribunales es un fenómeno global, que explica el auge de las corrientes de nueva derecha entre los hombres jóvenes de Occidente, pero que en Argentina llegó más lejos que en otros países. Porque aquí se combinó, en forma peculiar, la desigualdad de la ley que introdujo el punitivismo de género con la ineficiencia judicial y la cultura criolla de los abogados litigiosos. Todas las personas sufrimos o conocemos historias como las de Nicolás en nuestro círculo cercano. Las parejas entre hombres y mujeres ya no duran hasta que las muerte las separe, pero desde que existe el punitivismo de género en la justicia familiar, las rupturas de pareja pueden convertirse en un infierno judicial para los varones, en especial si son padres. Casos como el de Nicolás Mattiauda se convirtieron en una auténtica epidemia, que rompió algo muy próximo y real en la vida de la gente. Más íntimo y real que el famoso changuito de alimentos. Hoy, el consejo legal profesional que recibe un varón adulto es no formar pareja, menos aún casarse, y definitivamente no tener hijos, porque todo eso puede convertirse en un arma en su contra en un juicio familiar. Ese es el régimen de incentivos que se formó a partir de la "perspectiva de género", que sostiene que hombres y mujeres no somos iguales ante la ley. Romanticismo, hoy, es embarcarse a formar pareja a pesar del régimen legal vigente. 


Este punitivismo de género, que es una amenaza para todo varón, es especialmente perjudicial para los varones pobres. Que no casualmente son los que más rechazan todas estas leyes que alcanzaron su cénit en los años de Alberto Fernández, y que fueron el núcleo duro electoral inicial del mileísmo. Los varones pobres son los más vulnerables ante los abusos del sistema, y los que primero reaccionaron a él.


Una señora, en una conferencia, le dijo una vez a Torcuato Di Tella: "yo creo en Dios pero no en la Iglesia". A lo que Torcuato respondió: "yo, en cambio, soy ateo pero creo en la Iglesia como organización social". La sabiduría de la milenaria Iglesia, y de toda otra religión que organiza a la comunidad, entiende que las separaciones de parejas son, como decía Eva Perón del aborto, un capricho burgués. En efecto, ¿cómo hace un hombre pobre, que vive con lo justo con su mujer y 5 chicos en una vivienda precaria de un barrio precario, para separarse? Con suerte, puede irse a la casa de los padres o algún hermano, pero si no tiene esa opción, la separación conyugal no será otra cosa que dormir en un sillón o la punta de la cama, pero conservando el mismo techo. Convertir una vivienda en dos, pagar pensiones alimentarias y todo el despliegue financiero que suponen separarse (o divorciarse) es algo que solo puede costear alguien que gana más que una canasta básica. Por eso, la sabia organización social de los humildes que admiraba Di Tella mandó durante milenios a cónyuges y convivientes a arreglarse. Todo ese equilibrio poco prometedor pero realista de las familias que se arreglan o a lo sumo aceptan el cotecho se rompió desde que la "perspectiva de género" penetró los juzgados, las comisarías y el mundo de los trabajadores sociales. El estado punitivista de género resuelve los conflictos familiares en los barrios arrojando varones pobres, sin patrocinio legal, a la calle. Esas perimetrales generosas y automáticas que describe Nicolás en su testimonio son letales para un pobre. La población de los sin techo que pulula por el AMBA y otras grandes ciudades argentinas es masivamente masculina. ¿Cuántos de ellos vienen de un desalojo policial a pedido de sus exesposas o exparejas convivientes? El desorden social que produjo el punitivismo de género es una de las causas de los cambios políticos del siglo XXI.  

 

La "guillotina" como estrategia electoral


Por lo tanto, además de ser real, popular y demandada por su núcleo duro, la agenda antiwoke le permite a Milei reafirmar su identidad política como outsider de derecha. Y eso es muy necesario para La Libertad Avanza en el año electoral que se avecina.


La guillotina presentada días atrás es parte de lo mismo. Milei purga a colaboradores y excompañeros de ruta de su movimiento libertario por razones ideológicas, no por poder. Y la embestida siempre va a parar hacia aquellos que se acercan a la vilipendiada casta: a quienes votan sus leyes, adoptan sus propuestas o sucumben a los intereses devaluatorios. El pecado siempre es el mismo, la traición también: ser más de lo mismo, perder el ímpetu transformador.


Porque si ese ímpetu desaparece, La Libertad Avanza no gana las elecciones. Detrás de esa idea, que es la razón de ser de la guillotina a los moderados, hay una fría y calculada lógica electoral. Hoy Milei comparte muchos votos con otras fuerzas nacionales y locales, y necesita diferenciarse de ellas. Los votos de los primos Macri podrían ser de Milei, y lo mismo sucede con la mayoría de los gobernadores de las provincias. Dado que Milei quiere que La Libertad Avanza como partido gane las elecciones, se necesita nitidez y diferenciación.


La verdadera pelea no es con Cristina, o Unión por la Patria. Es con el centro, que pretende sus votos. Es con el PRO, con las fuerzas provinciales, con los radicales. Si Milei no le recuerda a sus votantes que Juntos por el Cambio es el pasado, ellos podrían volver hacia atrás. La vilipendiada casta se quedaría con los votos de Milei. El camino es polarizar. Al igual que en 2023, en 2025 la pelea del partido revolucionario es con los tibios. 

El abusado fui yo El patriarcado no existe más