Ninguna potencia extrarregional apoyó a Nicolás Maduro. El orden multipolar facilitó el bajo costo relativo de la intervención estadounidense en Venezuela. Pero su lógica subyacente no está exenta de riesgos.
Julio Burdman
11 de enero de 2026
Con la
intervención de Estados Unidos en Venezuela debutó el orden mundial multipolar.
Más concretamente, la captura de Maduro significó que el protagonista central de
este modelo de mundo, que ya estaba en ciernes, lo aceptó como tal y comenzó a jugar
con las nuevas reglas. Rusia y China, otros dos grandes protagonistas de la
escena, ya venían impulsando esta comprensión de lo geopolítico desde comienzos
del siglo XXI. A través de sus políticas externas, y de los discursos de sus
líderes, rusos y chinos vienen diciendo que el orden de 1945 ya murió, la
ilusión unipolar de 1990 también, y que en el mundo de hoy no hay hegemonías ni
reglas universales que se impongan sobre ellos, que también son potencias
políticas, económicas y militares de esta época. En el mundo multipolar, los
grandes estados están obligados a convivir y respetarse mutuamente, y aceptar
la pluralidad.
Este mundo de
varios centros, o polos, no pone fin al conflicto geopolítico. La geopolítica,
por definición, nunca cesa. En todo caso, lo que trae el nuevo modelo son otras
lógicas y dinámicas al eterno conflicto de poder por el territorio. En
principio, y aunque respeten su mutua existencia, las potencias del orden
multipolar compiten entre sí; Estados Unidos y China están en una confrontación
comercial abierta. Y a su vez, al no haber hegemonías mundiales pero sí
proyección de poder, el resultado es el control exclusivo por parte de las
potencias de sus propios vecindarios, sobre todo en términos de seguridad. Es
un mundo de barrios, cuyos perímetros son fijados por los machos alfa de la
política internacional.
Venezuela fue muy
distinto a Ucrania. Detrás de aquella guerra devastadora hubo un debate sobre
cómo funciona, o debe funcionar, el mundo. Estados Unidos y los países de la
OTAN, liderados por Biden, actuaron bajo las reglas de 1945 y 1991, y
pretendieron imponer sus criterios en el vecindario de los rusos. Putin respondió
con el código multipolar: en mi vecindario, y menos aún en mi frontera, no
entra la OTAN y no se admiten gobiernos hostiles. Acá, en Eurasia, mando yo. En
Venezuela, en cambio, nadie protestó contra la decisión trumpista.
Y en Ucrania, desde
que Donald Trump llegó al poder por segunda vez, el cambio fue total. Estados
Unidos dejó de fogonear la resistencia ucraniana sobre su vecindario, y de
hecho exhortó a Zelensky a que acepte la nueva realidad. Ese giro copernicano
de Washington fue interpretado por el resto del mundo como un anticipo del
nuevo rol que Estados Unidos iba a ejercer en su propio vecindario, que más que
nunca es definido como el continente americano desde el Ártico hasta la
Antártida. Y eso incluye a los estados díscolos del Caribe, a Groenlandia -que
Trump reclama como perteneciente a su propia esfera de seguridad- y que no
tardará en proyectarse a las Malvinas y otras islas argentinas del Atlántico
Sur.
Esta noción
geopolítica no es nueva, ya que la Doctrina Monroe cumplió 200 años. Pero lo
cierto es que, en el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial, para Estados
Unidos fue un aspecto secundario. Su ámbito de acción era el mundo en su
totalidad, y su alianza privilegiada fue la que mantuvo, OTAN mediante, con los
países de Europa occidental. Ése mundo ya no existe más, y de hecho Europa
lucha por no convertirse en el jamón de un sándwich entre Trump y Putin. El
primero quiere sacar a los daneses de Groenlandia y el segundo a los europeos
de Ucrania y, en el fondo, de todos los países de su frontera.
Sobre nuestro
país, el impacto de esta nueva geopolítica es directo. Pero es muy distinto de
lo que suponía la política exterior kirchnerista, que se ilusionaba con la
mundialización del BRICS y una presencia benevolente de rusos y chinos en
Latinoamérica. Todo lo contrario: lo que nos trae el mundo multipolar es una presencia
mucho más intensa de Estados Unidos en nuestra región. Tal vez, la más intensa
de toda la historia continental. Milei fue pionero, y se convirtió en el mejor
amigo de Trump en la región, y tal vez en el mundo. Eso lo coloca en un fuerte
compromiso con el macho alfa de las Américas, y también en una posición
privilegiada para pedir y proponer cosas a la Casa Blanca. Sin ir más lejos, hoy la Argentina podría
incluso pedir el involucramiento de Estados Unidos en la Cuestión Malvinas, y
proponer un nuevo modelo de soberanía en el Atlántico Sur: después de todo, la
alianza entre Washington y Londres fue originada en un mundo que ya no existe
más.
Naturalmente, este modelo de orden mundial no está
exento de fricciones e incertidumbres. Chinos y rusos (e indios) tienen una
dirigencia homogénea, que cree firmemente en el multipolarismo, pero en Estados
Unidos hay elecciones presidenciales en 2028: ¿qué pasaría si vuelven los
demócratas, que en el fondo siguen creyendo en el mundo de la hegemonía liberal?
China es también una incógnita, porque defiende a rajatabla su exclusividad en
el sudeste asiático, y quiere que Estados Unidos deje de tutelar en Taiwán,
pero no disimula algunas pretensiones globalistas. El mutipolarismo es un
modelo que solo puede funcionar si sus principales actores juegan según sus
reglas: si alguno de los grandes se sale de ellas, volveremos a las conocidas
escenas de la tensión bipolar.