Ninguna potencia extrarregional apoyó a Nicolás Maduro. El orden multipolar facilitó el bajo costo relativo de la intervención estadounidense en Venezuela. Pero su lógica subyacente no está exenta de riesgos.
Julio Burdman
30 de marzo de 2026
Javier Milei adquirió notoriedad mundial porque se metió de lleno en un debate ideológico fundamental de nuestra época. En Europa y las Américas, la nueva derecha que está reemplazando a los viejos partidos centroderechistas se concentró en la batalla cultural contra el wokismo, la inmigración ilegal, la desoccidentalización y el globalismo, pero puso a la economía en un segundo plano. La novedad de Milei es que volvió a poner a la libertad económica en el centro de la discusión, y demostró que es posible -o, más bien, necesario- unir la batalla cultural del siglo XXI con la defensa de la economía de mercado frente al socialismo -que era la preocupación principal de los viejos partidos liberal-conservadores. Milei, además, le puso nombre a esta síntesis económica y cultural: libertarianismo.
El fenómeno Milei comenzó a discutirse en diversos países, pero probablemente donde más hondo está calando sea en Francia. Y por razones particulares de este país. Además de ser una naciones más importantes de la cultura occidental moderna, y faro histórico del liberalismo, Francia es la cuna de la nueva derecha culturalista, ya que el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen, primus inter pares de los soberanismos europeos, nació allí hace más de 50 años. Pero paradójicamente, Francia es también donde la contradicción ideológica de la derecha es más pronunciada.
Simplificando un poco una cuestión por demás compleja, podemos mencionar dos hitos históricos que explican la actual división ideológica francesa.
El primero nos remonta a los años 1980, década en que la mayoría de los partidos de la derecha y centroderecha occidentales giran al liberalismo y la reforma del estado como programa económico, dejando de lado el mayor intervencionismo que había caracterizado a sus predecesores. En esa generación de líderes estaban Margaret Thatcher del Partido Conservador británico, Manuel Fraga y José María Aznar del Partido Popular Español, Helmut Kohl de la Democracia Cristiana alemana; en los Estados Unidos, el Partido Republicano entraba en la era Ronald Reagan. Pero en Francia, el partido mayoritario de la derecha, Agrupación por la República, estuvo durante casi tres décadas liderado por Jacques Chirac, un gaullista conservador que creía en el estado activo, la regulación económica y el intervencionismo monetario. Chirac se definía como keynesiano, y se presentaba ante la opinión pública internacional como una alternativa al "neoliberalismo anglosajón", que identificaba con Reagan y Thatcher. Recién en 2007, con el retiro de Chirac y el ascenso de Nicolas Sarkozy, el gaullismo francés, ahora denominado Los Republicanos, realiza su giro tardío al liberalismo económico y se acerca a Estados Unidos en política exterior, pero a costa de una división interna en su partido.
El segundo es la ideología económica del lepenismo. Su caracter es para algunos enigmatico, dado que nunca llegó a gobernar el país. En su etapa inicial, Jean Marie Le Pen osciló entre el pragmatismo, el liberalismo reaganiano y el nacionalismo autárquico. Y durante los años de liderazgo de su hija, Marine Le Pen, el partido siempre presentó programas electorales basados en un estado fuerte, cerrado y proteccionista. Pero lo constante fue una retórica dominada por otras preocupaciones -inmigración, antieuropeísmo, identidad nacional, seguridad-, con la economía como una cuestión subalterna. Solo recientemente, desde que Jordan Bardella asumió la jefatura del partido Agrupación Nacional, el lepenismo parece más abierto a las políticas promercado, pero nunca de modo convincente.
Estas dos contradicciones originarias de la derecha francesa contemporánea han sido un obstáculo para su acceso al poder. Si tomamos las últimas elecciones municipales, la suma de todas las expresiones de la derecha -RN, LR oficial y disidente, Reconquista, Nouvelle Énergie y otros- hubiera sido la fuerza más votada. Pero una amplia alianza parece difícil sin un proceso previo de aclaración de ideas y posiciones.
A principios de 2026, algo pareciera haber tocado fondo. Y, no casualmente, el tema fue América Latina. En ocasión de la operación estadounidense en Venezuela y la extracción de Maduro, Marine Le Pen y Jordan Bardella adoptaron una postura soberanista clásica y criticaron a Trump y su gobierno, acusándolos de imperialismo. Los posteos en X de estos dos líderes de la "derecha francesa" fueron retuiteados masivamente por usuarios y dirigentes de la izquierda latinoamericana y el chavismo.
Meloni, Orban, Abascal, Wilders: todos, con sus matices, apoyaron la intervención trumpista. Solo los nacionalistas serbios acompañaron la posición de RN, que parecía responder a otro momento de la historia. El desacople ideológico del lepenismo ya no era solo económico: ahora, también es geopolítico. Eric Zemmour y Sarah Knafo, de Reconquista, aprovecharon la oportunidad para exponer la fractura. Celebraron el derrocamiento de Maduro, felicitaron a Trump, e introdujeron un replanteo del significado del soberanismo en la coyuntura geopolítica actual. La prioridad, dijo Knafo, es derrotar al socialismo. Estamos en un mundo multipolar, y las derechas europeas pierden su sentido si van a quedar enfrentadas a Trump. Por eso, esta vez el cuestionamiento de Zemmour a Le Pen fue más que la competencia por un mismo electorado. En alguna oportunidad, había señalado a a Le Pen como una "mujer de izquierda" por sus posiciones económicas e internacionales, y esta vez los hechos parecían darle la razón. El planteo fue existencial, porque el posicionamiento de RN sobre Venezuela había cruzado un límite. Había que reconstruir la derecha en Francia, volver a las bases. Y ahí es donde Milei se convierte en un símbolo decisivo.
LABOTARORIO ARGENTINA
En enero pasado, David Lisnard, alcalde de Cannes -reelegido en marzo con el 81% de los votos-, publicó en el Journal Du Dimanche una columna en la que planteaba que Milei, a quien describe como un caso de éxito, era un modelo para reconstruir Francia.
Naturalmente, Francia y Argentina son dos realidades diferentes, pero Lisnard destaca que el problema no es la política pública, sino la filosofía política. Todos los problemas que la derecha francesa identificó durante tanto tiempo -la decadencia económica, el wokismo, el igualitarismo social, la pérdida de la identidad común- comienzan a resolverse reformulando el rol del estado en la sociedad. Asegurar las funciones básicas, y devolver a los individuos un sentido de responsabilidad. Fue este estado francés, y no la nación, el que rompió la competitividad económica, las finanzas públicas, los valores franceses y la convivencia social. Entonces la batalla cultural, en Francia, comienza ahí. Hay que reconciliar a la derecha francesa con la idea de libertad económica.
En los medios y las redes comenzó a explotar la idea de que el mileísmo es un "laboratorio para Francia". Reconquista, y en especial Sarah Knafo, celebran públicamente la carrera de Milei, elogian la "motosierra" y adoptan un discurso crecientemente liberal en lo económico.
En ese clima, crecen las voces que piden una "gran primaria" de la derecha francesa (RN, LR, Réconquete, Nouvelle Énergie y otros) para las elecciones presidenciales de 2027. Puede ser una primaria formal, coalición mediante, o una gran competencia abierta en la primera vuelta. En Francia se avizora una confrontación entre dos tipos de derecha, enfrentados por la visión sobre el estado, el mercado y la geopolítica. Y el presidente argentino, imprevistamente, se convirtió en el símbolo de esa batalla por venir.