Especulando sobre el extraordinario futuro de Sudamérica
¿Acaso los bajos costos salariales del Cono Sur -y, en especial, de Brasil- le permitirán convertirse a la región en una potencia industrial mundial?
George Friedman
18 de abril de 2026
Esto no es un pronóstico. Un pronóstico es una predicción, por cuya validez mi ego y yo nos hacemos profesionalmente responsables. Lo que ofrezco aquí es una especulación: algo lo suficientemente probable como para escribir sobre ello, pero no tan probable como para poner mi ego en juego. Pero que, de darse, resultaría importante en el plano geopolítico y geoeconómico.
Durante casi un siglo, la economía global fue heredera y ejecutora de la Revolución Industrial, y eso inauguró un ciclo. La salud de la economía global dependió en gran medida de una gran potencia industrial emergente, que abastecería a todos durante un período de 50 años o más. En todos los casos, el costo de producción de las potencias industriales emergentes era significativamente menor que el de las economías más maduras, y eso les permitió mantener los productos a precios accesibles, alivianando la presión sobre las economías más consolidadas y sus consumidores.
Tres naciones fueron cruciales en este ciclo. La primera fue Estados Unidos, cuya economía industrial comenzó a surgir en la década de 1880. En una década, este país ya se había convertido en un gran importante exportador de productos industriales a Europa, que en aquel entonces era la potencia industrial más consolidada del mundo. En gran medida, Estados Unidos basó su desarrollo económico en estas exportaciones, ya que eran más baratas que los productos europeos y, en algunos casos, más innovadoras. La economía estadounidense experimentó un auge hasta 1929, cuando inició la Gran Depresión. La Primera Guerra Mundial había afectado gravemente a las economías europeas, que ya no podían permitirse comprar productos estadounidenses. Esto contribuyó, al menos en parte, a la depresión.
El segundo país fue Japón. Había sido una potencia industrial significativa antes de la Segunda Guerra Mundial, pero el conflicto devastó su capacidades, obligándolo a operar más como una economía emergente. Su boom económico de posguerra fue impulsado por las exportaciones a Estados Unidos; su éxito fue tal que, en la década de 1970, comenzó a debilitar a la industria automotriz estadounidense -y otras- , ya que ofrecía automóviles más baratos y de superior calidad. Luego, en los noventa se desencadenó una crisis económica conocida como la Década Perdida, y solo tras superarla Japón se convirtió en una economía industrial más madura.
El tercer país fue China. Su economía creció rápidamente en los ochenta y experimentó un salto en los noventa, auge en la década de 1990, reemplazando a Japón como el exportador industrial mundial de bajo costo y alto valor. Recientemente su crecimiento se ha ralentizado, y de acuerdo al antecedente de Estados Unidos debería alcanzar la madurez en la década de 2030 -admitiendo, claro, que la comparación entre dos casos tan distintos no es un parámetro fiable. Hoy China sigue siendo el mayor exportador del mundo, pero tal comom ocurrió con los otros dos casos, llegará un punto en el que su crecimiento económico no podrá basarse en las exportaciones, lo que constituye una señal de que su economía aún es emergente y no ha llegado a la madurez.
Estas tres naciones tenían cosas en común. La primera era que nadie en su sano juicio habría imaginado que se convertirían en potencias económicas mundiales. Estados Unidos era una nación agraria, que venía de una devastadora guerra civil, al momento de iniciar su periodo de crecimiento vertiginoso. Japón vio la recuperación de su economía solo cinco años después de la Segunda Guerra Mundial, y pronto se convertiría en una potencia mundial. Y China comienza a convertirse en una superpotencia económica apenas cuatro años después de la muerte de Mao.
Por supuesto, también tenían otras cosas. Todas contaban con poblaciones relativamente grandes, con sólidas bases agrarias, educadas en tecnologías que resultarían cruciales, y con ambiciones culturales y personales de progreso social. En todos los casos había una tradición cultural de emprendimiento, interrumpida por la guerra pero revitalizada por el fin de la misma. Surgieron en un momento en que las economías maduras del mundo necesitaban importaciones de bajo costo y calidad aceptable. Finalmente, y lo más importante, todas lograron su período de crecimiento basado en exportaciones durante épocas de relativa salud y paz. Algo interesante: además de ser centros de gravedad exportadora, cada una de estas naciones impulsó el crecimiento de otras, más pequeñas, en sus respectivas regiones.
China se acerca al final de este ciclo, transitando hacia un modelo económico amplio pero maduro, con un consumo interno en aumento y precios al alza. A medida que madura, la pregunta económica más acuciante del mundo es: ¿quién ocupará su lugar? Hay dos posibilidades que debemos descartar: África y Oriente Medio. Estas son regiones, no naciones, con lo que sus procesos económicos podrían ser divergentes, y eso sin contar que están constantemente asediadas por conflictos armados. No es por ahí: China será reemplazada por una nación impensada, con una población importante, una sólida base agrícola y una cultura emprendedora ya establecida, junto con una capa, aunque sea pequeña, de tecnólogos sofisticados. África y Medio Oriente no cumplen con los requisitos.
Esto deja a Sudamérica, y particularmente a Brasil, en un lugar expectante. Brasil tiene la séptima población más grande del mundo, una sólida base agraria, una cultura significativa emprendedora y la necesaria cohorte de mentes tecnológicas. La región a la que pertenece ha superado en gran medida su período de inestabilidad y conflicto, y está rodeado de otras naciones de menor población, pero con características similares. Mientras que Estados Unidos tenía a Canadá y México, y Japón y China el resto del Sudeste Asiático, Brasil posee el Cono Sur de Latinoamérica, que incluye Argentina, Chile y Paraguay. Brasil y su región ampliada ya han entrado en un proceso de desarrollo económico con una fuerza laboral de bajos salarios, lo que le permite convertirse en un productor de bajo costo, y eso es vital para las economías más maduras. Y lo más importante: la emergencia de Brasil y el resto de Sudamérica aún está siendo subestimada, incluso a pesar del aumento de la inversión extranjera en la región.
Por lo tanto, y siguiendo en la dimensión especulativa, si asumimos que el patrón económico global que comenzó con el surgimiento de Estados Unidos en el siglo XIX continuará hasta la maduración de China, Brasil y Sudamérica podrían emerger, tal como Estados Unidos, Japón y la propia China lo hicieron en su momento. Contribuyendo a estabilizar la economía global y desarrollándose a lo largo de décadas hasta convertirse a su vez en economías maduras. Si esto ha de suceder, y mantengo mi especulación al respecto, el proceso ya ha comenzado.