"Nuestras victorias futbolísticas tienen un sabor especial: el de demostrarnos que la destructiva actitud de meternos goles en nuestra propia puerta podría terminar"
Miguel Ángel Quintana Paz
23 de julio de 2026
Foto: Mikel Aingeru (Flickr)
El marcador indicaba 149 goles contra 0 al terminar el partido. Se trató, con toda probabilidad, del resultado más estrambótico de la historia del fútbol profesional. Lo jugaron en 2002 dos equipos de Madagascar: el SO l’Emyrne frente al AS Adema. Pero acaso lo más curioso fuera que ni uno solo de esos 149 tantos atribuidos al Adema lo marcara tal equipo: fueron los jugadores del Emyrne, furiosos porque el arbitraje de un partido anterior los había dejado sin título, los que anotaron en propia puerta, uno tras otro, esos 149 goles. A modo de protesta. Mientras el árbitro, la verdad, no sabía muy bien qué hacer.
Salvando los 8.000 kilómetros de distancia que hay entre la isla malgache y nuestra península ibérica, reconozcamos que España a menudo ha dado una impresión semejante. Y no solo en el fútbol. La sensación de ser nosotros mismos quienes nos anotamos, uno tras otro, los peores tantos en contra. Por eso nuestras victorias futbolísticas tienen siempre un sabor especial: el sabor de demostrarnos que tan destructiva actitud podría terminar.
Ocurrió también en el otro periodo de oro que nuestra selección vivió de reciente: los años de 2008 a 2012. Corría el tiempo de la Gran Crisis, así que resultaba inevitable preguntarse por qué nos levantaba tanto los ánimos el deporte rey, pero nos los hundía no menos nuestra economía. Las preguntas de entonces siguen vigentes ahora: ¿qué podríamos aprender de las victorias deportivas de España para superar nuestras derrotas colectivas? ¿Cómo trasladar el orgullo que nos suscitan nuestros deportistas hasta otras áreas (la política, la economía, la sociedad…) en que sabemos que queda tanto por mejorar?
Ofreceré aquí unas cuantas pistas al respecto. No se trata de un conjunto exhaustivo ni pretende serlo: ¿qué mejor logro alcanzaría este artículo que generar discusiones entre sus lectores, entre sus comentarios, entre sus redes sociales acerca de qué más puede asimilar España de aquellos españoles que hacen las cosas tremendamente bien?
PRIMERA PISTA: ADMIREMOS LA EXCELENCIA
Nos lo dejó ya dicho Aristóteles; si quieres aprender cualquier cosa —tocar la flauta, vencer una batalla, escribir filosofía—, el camino es siempre el mismo: aprender de los mejores. Parece un consejo lógico, mas se enfrentará siempre a cierto vicio humano. Vicio que, según Fernando Díaz-Plaja, los españoles cultivamos con aún mayor ahínco que otros pueblos: la envidia.
El envidioso mira al excelente y se pregunta cómo puede fastidiarlo; el magnánimo mira al excelente, lo admira y aprovecha tal admiración como acicate para parecerse a él. ¿No es evidente que esta segunda actitud resulta mucho más útil que la primera? Pero nos topamos aquí con un rasgo que todos los tratadistas han detectado siempre en la envidia: lo muy tonta que, como pecado, es. ¡El lujurioso al fin y al cabo disfruta sus ratos, la gula también nos otorga placeres bien suculentos, el perezoso reposa al menos tranquilito en su flojera! Pero el envidioso vive él amargado por su propio mal.
Este absurdo de la envidia lo explicó con una parábola Emmet Fox. Imagina que te tragas un vaso de cianuro de dos tragos y crees protegerte diciendo: «Este trago va por Robespierre y este otro por el asesino de Bristol». Cabe poca duda, sin embargo, sobre quién padecerá las consecuencias de tan venenosa ingesta. Y no se llama Robespierre.
En España, pues, necesitamos menos envidias y más emulación, menos venenos y más refrigerio. Que el bien que otros crean —como los jugadores de fútbol en el campo— nos sirva de aguijón para crear aún más bien en la vida, no de resentimiento para destruir los éxitos ajenos. Admiremos lo mucho que hay que admirar en nuestro pasado, pero también en nuestros días, y no solo en la selección de fútbol. Es lo virtuoso y, además, es lo eficaz.
SEGUNDA PISTA: PROMOVAMOS EL PATRIOTISMO
Nuestros jugadores de fútbol no tienen problema alguno en jugar con los colores de España, colaborar con otros compatriotas de España, honrar la bandera y el himno de España. Ello les evita, para empezar, multitud de disensiones que les despistarían de lo esencial: ganar partidos. Nuestra vida política, empero, está repleta de gente resentida o al menos timorata ante lo español. Esta no es una actitud más loable ni más humilde: es solo una inmensa pérdida de tiempo que a nada bueno conducirá.
Por fortuna, aquí la selección española no solo sirve de ejemplo, sino que ella misma está ayudando a paliar este problema. Millones de españoles han disfrutado y celebrado por toda la piel de toro los triunfos de nuestro balompié, unidos y felices. Y eso que a veces han debido soportar patadas y palos de algunos ruines y deformes que —toda nación los tiene— trataron de truncar su alegría. No lo consiguieron. Sigamos derrotándolos, como los derrotamos en 2017 o tantas otras veces. Nuestro patriotismo debe vencer su bajeza y, así, darles la mayor ayuda posible: que se decidan a cambiar.
Otra cosa que cabe aprender, además, de esta virtud patriótica es que, en contra de lo que quieren hacernos creer algunos moderaditos, no acarrea el desprecio del resto de las naciones de la tierra. ¡Bien al contrario! Cuando una nación se respeta a sí misma, como ocurre con una persona que así hiciera, el resto se ve estimulado a respetarla también. O incluso amarla. De hecho, ¡es mucho más difícil amar a quien se odia a sí mismo!
La ola de simpatía que ha recogido España por todo el mundo del fútbol debe prolongarse desde ese deporte hacia nuestra reputación, nuestras empresas, nuestros intelectuales, nuestras artes. Ser un país repleto de prodigios es el mejor servicio que podemos rendir a los demás humanos, pues todo lo prodigioso eleva consigo a la humanidad entera también.
TERCERA PISTA: REGULEMOS (Y DESREGULEMOS) BIEN
Los éxitos de España en los campos de fútbol nos pueden enseñar mucho para otro campo en que abundan los fracasos de España: el regulatorio. No solo vivimos en un país sobrecargado de leyes, sino que cada vez se cumplen menos las que benefician al ciudadano —seguridad, servicios públicos, transparencia—, mientras se le aprieta con más y más normas que lo ahogan —impuestos, burocracia, prohibiciones múltiples—. Hay que frenar esta deriva. Nuestras leyes deben ser como las reglas de un deporte: pocas, pero efectivas. Ese es el marco que nos da triunfos deportivos y ese será el marco que nos dará triunfos sociales, tan pronto como procedamos con semejante desregulación.
Para llegar a ser deportista no necesitas esperar a que unos funcionarios te den licencia de apertura, no necesitas rellenar miles de impresos, no hace falta que un político te dé su permiso para competir con los demás. Los deportes cuentan con normas claras y estables, arbitradas por jueces imparciales; no depende de cuál sea tu ideología que alcances sus trofeos. Así han de ser la sociedad civil y el mercado españoles: reconquistados a la voracidad de los partidos o de los oligarcas, han de convertirse en espacios libres donde innovar o construir sin trabas tu propio proyecto. Los españoles hemos demostrado que, si se nos concede ese respiro, destacamos en multitud de campos. Abunda el talento, abundan las ganas de trabajo y abunda la inteligencia: bastará con librarnos de los parásitos regulatorios que desangran hoy por hoy talentos, trabajos e inteligencias de los demás.
CUARTA PISTA: PREMIEMOS EL MÉRITO
Estos días se ha popularizado la historia de Fabián Ruiz, el jugador número 8 de nuestro equipo nacional. Fichado de adolescente por el Betis, consiguió que le ofrecieran a su madre Chari también un empleo: limpiadora en las instalaciones del club. Dado que Chari estaba divorciada, tenía tres hijos y necesitaba algo estable, no dudó en aceptarlo. Y así, mientras Chari sacaba adelante a su familia, Fabián había de cruzarse con ella por los pasillos: ella fregaba, él entrenaba; ella estudiaba en sus ratos libres, él soñaba con ser profesional.
Hoy comprobamos el éxito de la madre y el del hijo: Chari se ha graduado en Psicología, Fabián es campeón mundial.
Esta historia refleja algo que conocen bien muchos deportistas españoles: si tienen mérito y se esfuerzan, su nación les ayudará con becas y con una cantera para mejorar; si perseveran y demuestran aún más talento y esfuerzo, entonces se les premiará con magnanimidad. Esta debería ser la historia de cada vez más y más compatriotas en cualquier ámbito de trabajo: ayudas para formarse a quienes lo necesiten; recompensa alta a quien muestre alto rendimiento; trabajo día a día durante años, aun cuando siempre sobrevuele el riesgo del fracaso; una vida digna para todos, incluido quien no llegue al mayor triunfo —aunque en ese caso no deberá exigir consuelos mimosos ni una falsa igualdad, como tampoco los exige el deportista que no llega hasta la final—.
QUINTA PISTA: EDUQUEMOS EN LIBERTAD
Todo deportista sabe que, si no se forma, no alcanzará sus metas; todo español debería cifrar su propósito principal en formarse también.
Ahora bien, los deportistas escogen, libres, cómo y con quién entrenarse; invierten en ello tiempo y sudores; disponen de apoyo en un mundo competitivo; no deben someterse a normativas, reformas, intereses creados ni ideologías pedagógicas. ¿No sería fantástico que a cualquier alumno español se le concediera, en cualquier escuela a la que asistiera, algo similar? Que ninguna activista decida por él las virtudes en que formarse; que ningún pedagogo proyecte sobre él sus propios fracasos escolares; que ningún político le imponga un horizonte provinciano o politiquero que coarte sus aspiraciones. Como tampoco le ocurre al deportista al entrenar.
SEXTA PISTA: FOMENTEMOS LA RESPONSABILIDAD
Algo en lo que la selección española de fútbol sirve de buen modelo ético para todos —seguramente inspirada por su entrenador, Luis de la Fuente— reside en su actitud ante las derrotas. No se inventan excusas, no se vuelca la ira contra los vencedores, no se echa la culpa del fracaso a «los otros» o «el sistema». Ante un descalabro se adopta, en lugar de todo eso, la estrategia más útil de todas: aprender de él.
Este talante no solo es loable en el fútbol (baste pensar, por contraste, en lo lamentable del comportamiento de la selección argentina), sino que debería ser lo común por toda España. Cierto es que pululan entre nosotros los políticos que viven justo de lo contrario: de excitar el victimismo; de acusar de todo yerro al sistema (aunque lleven años gobernando y, vaya, aún no lo hayan reformado); de culpar de cualquier mal a otros españoles (la presunta «ultraderecha», los castellanos, los curas, los andaluces, los varones, los blancos, los heteronormativos, los judíos, Franco, los toreros, la mujer de Franco, los ricos, el Valle de los Caídos, la cabra de la Legión…).
Frente a tanta táctica desorientadora, hay que volver a cultivar la vieja virtud de la responsabilidad. Tú debes dar cuenta de tus acciones; comprométete con ellas. No solo porque sea la vía más firme hacia el éxito, como para nuestros futbolistas, sino porque esta actitud muestra una hermosura superior.
SÉPTIMA PISTA: Y QUE SEA LO QUE DIOS QUIERA
Hemos relatado ya varias veces aquí un hecho cada vez más visible, en España y allende nuestros mares: el cristianismo está volviendo, lento pero contundente, a nuestras calles, nuestros medios, nuestras almas. En especial entre los jóvenes. La selección nacional de fútbol no iba a ser una excepción a este movimiento —al fin y al cabo, también es cosa de jóvenes—. Y así los españoles pudimos escuchar al capitán Rodri Hernández y al goleador Ferran Torres, tras la final del mundo, agradecer a Dios sus logros. Poner ante Él su felicidad.
De nuevo, el entrenador Luis de la Fuente resulta inspirador aquí: varias veces ha hablado de su fe cristiana. E incluso se ha puesto a explicar a los periodistas, con paciencia (virtud esencial al tratar con tal gremio), la diferencia entre tal fe y la superstición: el supersticioso hace cosas para poner a los dioses a su disposición; el cristiano se pone él mismo a disposición de Dios. Por eso un cristiano sabe agradecer lo bueno y sabe buscar en lo malo el sentido que su Padre le envía; no en vano, el propio Cristo, de quien reciben su nombre los cristianos, vivió agradecido, pero también sufrió fracasos, incluido el gran «fracaso» final de la cruz.
Todas estas palabras con que lucho por expresarme las ha resumido el pueblo español en una frase mucho más sabia: que sea lo que Dios quiera. Ese lema ha llevado a varios de nuestros futbolistas a la gloria deportiva. Esa frase puede llevarnos a todos los españoles a una gloria aún más grande. Solo hacen falta, de nuevo, ganas de aprender.