Un primer análisis militar de la operación en Irán

 Andrew Davidson

3 de marzo de 2026

Alrededor de las 9:30 am del sábado 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque sorpresa sobre Irán. Que no pareció sorprender a Irán, ya que pudo llevar a cabo ataques con drones y misiles contra bases estadounidenses en ocho países de Oriente Medio -Israel, Jordania, Irak, Arabia Saudita, Kuwait, Baréin, Emiratos Árabes Unidos y Qatar. De hecho, no debería haber sorprendido a nadie. Tanto Estados Unidos como Israel han insistido en que Irán abandone su programa de desarrollo nuclear. Israel no puede aceptar la amenaza existencial que representa un Irán con capacidad nuclear. Tampoco, como he escrito antes, Estados Unidos. Tras extensas negociaciones, ambos países tuvieron claro que Irán no iba a abandonar ese programa. Si Teherán realmente creyó que necesitaba un arma nuclear, o si simplemente no podía permitirse ceder ante Washington, es algo que no está claro y que en última instancia, es irrelevante. Teherán ha afirmado que su programa estaba destinado únicamente a fines civiles, pero dada la ideología del régimen iraní, que tenga capacidad nuclear era inaceptable aún en tal caso. Estados Unidos e Israel no le creen a Irán.

Esto es lo que sabemos hasta ahora. No fue la primera vez que Estados Unidos lanzó ataques contra la infraestructura nuclear iraní, que le permitieron ganar tiempo pero claramente no la habían destruido del todo. Por eso, el ataque del 28 no se centró en las instalaciones nucleares. Fue sido diseñado principalmente como un ataque de decapitación: una operación destinada a destruir el liderazgo y la infraestructura gubernamental y, por lo tanto, abrir la puerta a un nuevo gobierno.

Más específicamente, todo indica que la misión de Israel fue la decapitación, y la de Washington la destrucción de misiles ofensivos y drones. Algunos objetivos parecen haber sido bases pertenecientes a Hezbolá y otros actores no estatales -esto era un imperativo adicional para Israel, y solo de escasa importancia para Estados Unidos-; otros pertenecían al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), una fuerza militar basada en la ideología islamista y uno de los fundamentos del poder del gobierno iraní. También hubo operaciones sobre el terreno llevadas a cabo por la inteligencia israelí que, al parecer, tenían como objetivo destruir parte de la capacidad iraní de misiles y drones, e identificar la ubicación de funcionarios clave del gobierno. Según todos los informes, incluyendo los medios estatales iraníes, el ayatolá Alí Jamenei fue asesinado.

Con el correr de los días saldrán a la luz más detalles, por supuesto, pero me parece claro que el propósito del ataque fue el cambio de régimen. Y esto no es fácil. Destruir un gobierno requiere más que asesinatos aleatorios: hay que arrasar la infraestructura física que hace al gobierno funcionar, y eso incluye edificios de oficinas, capacidades de comunicación, computadoras que contienen información sobre los ciudadanos, etc. La decapitación y el cambio de régimen requieren inhabilitar el funcionamiento del gobierno y, en ocasiones, permitir el caos -lo que es peligroso si la opinión pública es favorable a la ideología y las políticas del gobierno decapitado. Podría emerger una nueva versión del antiguo gobierno, o también un régimen aún más hostil a Estados Unidos e Israel. No tengo claro qué opina el pueblo iraní sobre su gobierno hoy, pero si los iraníes son hostiles a Israel y Estados Unidos, la lógica del cambio de régimen implica que el nuevo gobierno debe ser de imposición. En pocas palabras: la decapitación podría no acabar con la amenaza sin una presencia continua.

Bajo la presidencia de Trump, Washington ha procurado evitar guerras a largo plazo que impliquen la presencia de tropas estadounidenses sobre el terreno. Este ataque este alineado con esa estrategia, al menos hasta ahora: se busca evitar una participación prolongada en la gestión y la defensa de una nación derrotada. Dados estos principios, una intervención prolongada de Estados Unidos en Irán es inaceptable, un gobierno respaldado por Israel es impensable, y no debería haber presencia militar extranjera.

El contraataque de Irán, llevado a cabo sin asistencia y contra países socios de Estados Unidos, deja algunas conclusiones importantesDemuestra, en principio, que está aislado incluso en su propia región. El ataque a Arabia Saudita, así como la posibilidad de una guerra económica impulsada por las políticas de Teherán, podría perturbar la oferta, la demanda y los precios del petróleo.

La cuestión más importante es cómo Estados Unidos e Israel intentarán evitar que el régimen decapitado sea reemplazado por uno similar. Cabe destacar que Irán cuenta con dos ejércitos: el CGRI y las fuerzas armadas convencionales, que existían cuando los shahs respaldados por Estados Unidos gobernaban Irán -hasta que fueron derrocados por la Revolución Islámica. Las fuerzas armadas nunca se disolvieron porque eran esenciales para la defensa nacional. Esas fuerzas están menos definidas por la ideología islámica que el CGRI y, de hecho, a veces se muestran hostiles a él. Si Irán evolucionara, parecería probable que sus fuerzas armadas, que son más laicas que el Estado, desempeñaran un papel importante en su gobernabilidad. Sobrevivieron como fuerzas seculares no porque fuera apreciadas por el régimen, sino porque eran necesarias. Sin una presencia militar extranjera prolongada, quizás las fuerzas armadas sean el camino que reduzca las probabilidades de que el poder religioso tome nuevamente el control.